At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

domingo, 2 de junio de 2013

Así que aquí estás, en una ciudad diferente.
Luchando por la independencia y sufriendo sus golpes colaterales, pero nada importa, porque eres libre.
Libre en ciertos parámetros de tu vida, y sometida a otros tantos más para sacarle provecho.
Y al tercer día conoces a un chico jodidamente extraño, obsesionado con su percepción del mundo, y con su cuerpo. De un metro noventa y complexión delgada pero fuerte. De ojos oscuros, cabello negro y barba incipiente. 
Es bastante peculiar. Aparece en tu calle buscando tu presencia, y te sientes irremediablemente atraída.
Así que accedes a ir a su piso a pesar de no conocerle en absoluto, todo porque su sonrisa te da más confianza que ninguna otra cosa en estos momentos.
Y vas sin nada, ni móvil, ni llaves, porque no es necesario, tu mente te lo dice, lo imprescindible es estar con él.
Caminas dos manzanas, giras dos esquinas, tres callejones que dan absoluto miedo, y te encuentras con su portal. Un piso con una arquitectura hermosa y probablemente infravalorada.
Saca las llaves de su pantalón, y entras junto a él. Nada de caballerismos propios de épocas antiguas. Ni siquiera te sujeta la puerta. Pero de nuevo, no importa.
Subes al tercer piso sin ascensor, y la puerta del fondo del pasillo es su refugio de guerra. Dónde combate y se esconde, dónde es quién es.
Y me deja pasar, rompiendo los límites de su personalidad y privacidad, sin conocerme.
Se quita la camiseta y la tira en el destartalado sofá de su derecha, de cojines limpios pero de apariencia sucia.
Es una casa típica de un hombre que vive sólo y sin preocupaciones. Hay desorden por todos lados.
No tiene ni siquiera la cama hecha. Pero no importa. Acabaríamos deshaciéndola de todos modos.
Y ahí me transformé, en puta, en niña, en un jodido perro, y él en un hombre solitario, en hermano, y en dueño.
El vacío de la gran ciudad se esfumaba a su lado, en aquel piso, en la sucia habitación dónde compartíamos cama, e intercambiábamos monólogos con respuestas de comprensión cortas. En el cuarto de baño de la misma, dónde podías mirarte desnuda en el espejo escuchando Wonderwall y no sentirte mal.
Él valoraba tu cuerpo, tu mente y tu locura. Tú valorabas lo que era él.
Y así nada más importó, porque aquella ciudad se convirtió en el hogar de los desamparados.



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