At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

lunes, 8 de abril de 2013

[...] 
Sí, le dije que no volvería a entrar en aquella habitación hasta que no se fuera ella.
Nunca alcé la voz tanto como en aquel momento, y casi sonó como un susurro dolorido.
No estaba acostumbrada a quejarme, ni a mostrar indicios de disgusto ante algo que no era de mi agrado.
Y allí me encontraba, frente a una persona que me conocía sobremanera y yo que dudaba de lo que sabía de mí.
Le dí más importancia de la cuenta, ahora que lo pienso con  frialdad. Pero me molestó verla adueñándose de mi sitio. ¿Qué hacía ahí? ¿Porqué llevaba mi piel sobre su cuerpo como si yo fuera un animal que acabara de despellejar con sus propias manos?
Él no entendía lo que llevaba dentro, esa furia incondicional que te hace cometer locuras en el momento menos indicado. Como decirle que le eché de menos cuando él me sustituía por otro maniquí de cera sin cerebro. No me importó la presencia de aquella mujer de ojos vacíos cuando derroché labia. Y mirarla fijamente con los ojos empequeñecidos de la incredulidad de su existencia se convirtió casi en un hábito cada vez que intentaba formular palabra.
Vaya mujer, aprendiz de mago, o pajarraca imitadora, que se hacía dueña de la esencia de él para conquistarle. Y él bobo que se las da de listo, tantos desengaños hasta la fecha y sigue yéndose con mujeres huecas.
Así que recogí mi pequeña mochila de rayas blancas y negras que había depositado en la habitación días antes y que abandoné en un despiste, y me dispuse a marcharme de allí, olvidando todo lo que tiempo atrás tuvo la indecencia de decirme y perjurar. 
Noté como una mano cálida y fuerte me sujetaba del brazo de manera inminente. Me dolió que intentara retenerme por más tiempo, como si fuera un objeto del que no se quiere desprender y acaba guardando polvo en el desván. Me giré, recuerdo bien que lo hice, y advertí en sus ojos un bloque de arrepentimiento recubierto de un tono de iris apagado por la escasez de luz.
No dijimos nada. Mantuvimos un duelo de miradas que parecían cataratas de palabras mudas.
Sabía lo que pensaba, y comprendió que me marchaba para no volver ni aunque necesitara oxígeno.
Años después, en un café de esquina cuyos ventanales dejaban pasar los rayos del sol hasta la barra del establecimiento  alumbrándolo de pura luz natural y cálida, le encontré.
Un reencuentro casual e inoportuno. Decidí no hacerme notar y que apuntaran mi pedido lo más rápido posible.
Un café moka, y un bolígrafo para apuntar en el libro que tenía entre mis manos todo lo que se me ocurriera en el momento.
Escribí dos fechas, y entre sorbo y suspiro en una servilleta dibujé unos ojos acompañados de una nota. Cuando acabé con mi bebida, me acerqué a su mesa que estaba cerca de la puerta que daba al callejón oeste y dejé caer el papel pintado sobre su regazo. Sé que no pudo reconocerme, las gafas de sol y la pamela tapaban gran parte de mi rostro, quizás les parecieran conocidas mis manos en un segundo de atención, pero no tendría tiempo de alcanzarme. Para entonces ya habría desaparecido de su vida, una vez más.[...]
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