At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

lunes, 1 de abril de 2013

Así que me encontraba en la ciudad, nuevamente.
Había partido hacía cosa de un mes para alejarme de todo lo malo que contaminaba mi cuerpo. Pasé unas semanas en un claro bosque dónde encontré una casa lo suficientemente habitable como para descansar mis ojos en ella.
Me fui sola, no encontré las palabras adecuadas para requerir compañía en el viaje. Nunca se me dieron bien las palabras.
Mi padre siempre me comparaba con las botellas caras de whisky, diciendo que el grado de alcohol de ellas era de la misma magnitud que mi rareza, y que si alguien bebía más copas de la cuenta de mi persona acabaría ebrio y sin entender palabra.
No notaba tono hiriente, a decir verdad cuando él hablaba mis oídos se encargaban de escucharle, pero mi mente ni siquiera estaba allí. Solía ausentarme más de lo que se consideraría correcto.
Mantener una conversación conmigo es el sinónimo exacto de visualizar una estatua de ojos fijos que te miran pero están siendo partícipes de otro mundo.
Aquel descanso, en esa cabaña alejada de la mano de Dios y de la civilización en sí, me brindó una calma necesitada.
Mis pies eran más felices tocando la brizna de fina hierba que sobresalía por el suelo de baldosas quebradizo.
Pero el tiempo siempre llama a la puerta para decirte que te espera, aunque no lo haga.
Las noches allí eran de silencio puro y oscuridad que abrazaba.
Se podía oír con una claridad intensa cómo los búhos se quedaban sentados en las ramas de los árboles más cercanos mirando a través de mi ventana para vigilar mi sueño.
Y tras días de insomnio puro, sólo la naturaleza consiguió mi aletargamiento.
No fui consciente de las pequeñas gotas de lluvia que empapó mi piel, ni de que el sol había salido dos veces en un mismo día.
Siempre era más fácil y más cercano cuanto más a solas me quedaba conmigo misma.
La felicidad venía con cada bocanada de aire fresco y se marchaba cuando acababa el recorrido por mis pulmones. Mis bronquios explotaban de éxtasis con cada inhalación inconsciente y mi boca echaba de menos los suspiros inocentes que marcaban cada paso.
Ni el sol era capaz de rozarme, y si lo hacía, una caricia impertinente chocaba con mi pelo aumentando su brillo de manera artificial
Pero son sólo anécdotas paradisíacas que puedo contar de una escapada que hice cuando nadie miraba dentro de mi habitación.
Una mochila vieja, con agua, libros, algún que otro caramelo extraviado de viajes antiguos y un alma en expansión.
Y aquí estoy de nuevo, en la ciudad, dónde todos los colores se convierten en uno sólo. Gris el cielo, y el suelo, y las personas quizás.


21927_543956638967114_953586681_n_large






No hay comentarios:

Publicar un comentario