At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

martes, 30 de octubre de 2012

Volvía a encontrarme siguiendo unos pasos de puro metal. Era capaz de hacer sonreír a cualquiera, con un gesto, una mirada o su simple presencia. Pero a mi no. Decidí que su silueta sería uniforme como el plano de un edificio que no servía para crear. Destrozado tal que así nuestros mundos.
Y carentes de sentido como mi vida, porque...¿Tiene sentido? Y si tiene...¿Por que no soy capaz de verlo?
Podía ver los edificios entre los cuales se encontraba el mío, de estructura exactamente igual que los que le rodeaban, ni una diferencia. Pero error, sí había una.
Mis ojos lo contemplaban de manera distinta, dado que fue mi hogar, y ahora seguía guardando su esencia y mis recuerdos en él. 
Era un triste desván al alcance de todos. Los ojos del mundo se posaban en mi vida sin saberlo.
Cuántas desdichas pasó en aquella casa, y cuántas risas derroché sin pensarlo dos veces.
Siempre intentando huir de allí, y ahora que lo había conseguido le vi el encanto que años atrás no hubiera visto.
Un hogar... ¿Qué es eso? Yo tuve una familia y una casa en la que vivir, pero no era un hogar en absoluto, estaba muy lejos de serlo.
Nos llevábamos bien, no cabía duda, con nuestros altibajos de familia que no se entienden porque no hablan.
No recuerdo que el calor de un hogar me abrazara la piel, sólo las sábanas más frías eran capaces de controlar mi calma. O las horas en el cuarto de baño, metida en un plato de ducha que hacía que perdiera la consciencia del tiempo y el espacio y mandaba mi cerebro a un mundo paralelo donde podía callar pero no lo hacía. Pensaba, y moría, y vivía más que nunca observando las gotas nacer y morir en un mismo cristal.
Qué pena pensaba...que triste su vida.
Tan efímera y monótoma. En un mismo renglón creció y chocó con otras. Mientras que las más solitarias morían a merced de un alma inexistente. Se alejaban del resto para que no vieran su muerte.
Él era mi muerte.
O ellos. O quizás yo misma.
Tal que así emprendí un viaje al limbo para hablar con los dioses a ver si aclaraban mi pesar.
¿los encontré? En absoluto. Mi memoria fallaba y no recordaba el camino de regreso al principio del universo, ni siquiera al mío propio.
Y allí estaba plantada con unas maletas y un paraguas escondida bajo la presencia del edificio que fue mi refugio en los tiempos de guerra.
El bando perdedor era yo, pero perdía la batalla contra mi persona.
Debí de idealizar el mundo cuando aún era la reina del equilibrio, ahora soy una trapecista colgada por su propia afición.
Quizás caer y tocar el suelo sea la solución a esto. Quizás la inestabilidad sea el equilibro perfecto.


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