At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

lunes, 17 de septiembre de 2012

No habíamos visto bestia igual en el tiempo que la vida emanó de la tierra, sucumbía a la llamada de los lobos y estos mismos le temían. No había fiera alguna que se atreviera a cruzar su sombra con su campo de visión.
Su sigiloso paso nos erizaba el vello y hacía temblar el aire de nuestros pulmones.
La ferocidad de su mirada no era más que igualable al terror de los niños y sus sobrecogedoras pesadillas. 
Los pájaros emigraron tan lejos como el viento del invierno cuando oyeron el crujir de las ramas bajo sus garras.
Las manadas de nuestros perros estaban más alerta de lo normal, temblando recogidos en lo más profundo del bosque. Ellos eran el cebo, nosotros los cazadores.
Y emanaron los espíritus de las sombras atrayendo el gélido aliento de la bestia.  Aquel cuadrúpedo nos doblaba en maldad.  No había un éxito posible en la lucha cuerpo a cuerpo contra él, por eso muchos de nosotros eligieron la huida fácil y la forma más correcta de mantenerse con vida. 
Ya habían muerto decenas y sus cadáveres eran otorgados a los dioses del bosque para que nos proporcionaran protección. Muchas de las alimañas, aún con vida, que frecuentaban los alrededores salían victoriosas con pedazos de lo que un día fueron personas. Sus familiares veían que trozos de piel humana era lo único que quedaba de ellos. Sus ojos. No tenían ojos. El ritual exigía que fueran extraídos con sutileza y enterrados donde la luna no llega a ver nuestros sueños. 
Tres pasos más allá. Tres ramas rompen. Tres suspiros. Tres gritos de auxilio.
Nadie va al bosque a socorrer a los muertos. Su alma ya se ha esfumado de nuestra atmósfera, algún dios les guiará por el camino de regreso al comienzo de los días.
La bestia se acerca. El pueblo tiembla. Los niños lloran, y las madres sufren al mirar a la muerte cara a cara.
Ya no hay tiempo ni para el robo, ni la lujuria, ni siquiera para despedirnos. Aquí llega el animal, inclinando su cabeza ante nosotros. Con sus colmillos repletos de huellas conocidas. Es el caos que devora nuestra columna vertebral. Si le miras a los ojos estás muerto. Si te giras igual.
No hay escapatoria, es la luz del fin del mundo.

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