At this stage in my life I don’t think I'm going to write anything worthwhile.

jueves, 1 de marzo de 2012

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Cuando dos personas se sienten atraídas y empiezan a enamorarse, todo viene dado, no hay que hacer nada, sólo sentir. En la etapa de enamoramiento predominan la pasión, el sentimiento de que la otra persona nos colma de felicidad, las ganas de estar siempre en su compañía... enamorarse es disfrazar al otro con lo que nosotros necesitamos. Y eso es un engaño que nos hacemos y una exigencia al otro que es intolerable. Pero qué duda cabe de que enamorarse sienta de maravilla. Cuando nos enamoramos, nuestro organismo segrega más adrenalina y noradrenalina, hormonas que promueven la búsqueda del contacto físico. Y ese exceso hormonal puede durar como mucho dos o tres años. Cuando ese subidón hormonal empieza a remitir, algunas personas echan tanto de menos esa sensación maravillosa que prefieren empezar de nuevo. Pesa más el deseo de recuperar ese chute neuroquímico que las ganas de seguir con la pareja. Así que esa fase de enamoramiento acaba. Y debe acabar. Antes o después, hace acto de presencia la realidad. La fantasía de que el otro es perfecto cede, y empiezas a ver sus limitaciones. Cuando el príncipe azul o la mujer diez empiezan a ser impuntuales, perezosos, algo vulgares o, simplemente, personas normales, con sus luces y sus sombras, sus virtudes y sus limitaciones, las mariposas en el estómago ya no son tan frecuentes. Y cuesta. Y duele.

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